Los Watson
Los Watson —Me gustarÃa que ella le hubiera oÃdo decir que ignoraba su ausencia. Dijo que le parecÃa haberla visto hace tan sólo dos dÃas.
—Eso es muy tÃpico de él. Y sin embargo, ése es el hombre que Margaret imagina locamente enamorado de ella. No es santo de mi devoción, como sabes, pero por fuerza ha de parecerte agradable. ¿Puedes poner la mano en el corazón y decir que no es asÃ?
—Claro que puedo. Y las dos manos, si quieres, y además extendidas.
—Me gustarÃa saber qué hombre te resulta agradable.
—Se llama Howard.
—¡Howard! ¡Cielos! Sólo puedo imaginarlo con aire presuntuoso y jugando a las cartas con lady Osborne. No obstante, he de reconocer que me alivia oÃrte hablar asà de Tom Musgrave. Sospechaba que te sentirÃas atraÃda por él. HabÃas hablado con tal rotundidad antes del baile que temà que acabaras pagando tu jactancia. Sólo deseo que sigas asà y que él no te preste demasiada atención. No es fácil para una mujer ser indiferente a los requiebros y halagos de un hombre cuando éste se propone conquistarla.
Cuando concluyeron su amena y tranquila cena, la Srta. Watson no pudo dejar de señalar lo agradable que le habÃa resultado.