Los Watson

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Emma no supo cómo responder a ese comentario, ni podía tratar de igualar el tono en que fue dicho. La Sra. Watson la examinó con descaro y triunfal compasión: en el momento de las presentaciones tenía muy presente que Emma había perdido la fortuna de su tía, y no pudo evitar pensar cuánto mejor era ser la hija de un hombre rico de Croydon que la sobrina de una anciana que había arruinado su vida casándose con un capitán irlandés. Robert se mostró amable pero displicente, como corresponde a un hermano rico; más preocupado de arreglar cuentas con el chico de la posta, despotricar contra la exorbitante subida de las tarifas y regatearle media corona, que de dar la bienvenida a una hermana que ya no parecía tener ninguna propiedad que él pudiera gestionar.

—Elizabeth, el camino que atraviesa el pueblo es infame —dijo—; está peor que nunca. ¡Por todos los santos! Lo denunciaría si viviera cerca de vosotras. ¿Quién se encarga ahora de la supervisión?

Había una sobrinita por quien preguntó con gran cariño la dulce Elizabeth, que lamentó mucho que no hubiera venido con ellos.



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