Los Watson
Los Watson —No era mi intención hacerte llorar —dijo Robert, suavizando el tono. Y, tras un breve silencio y para cambiar de tema, añadió—: Acabo de bajar del cuarto de nuestro padre. Parece bastante enfermo. Qué triste será vuestra situación cuando muera. SerÃa una lástima que ninguna de vosotras se casara. DeberÃas venir a Croydon, como tus hermanas, para ver qué se puede hacer allÃ. Creo que hay un joven que habrÃa pretendido a Margaret si ella hubiera tenido mil o mil quinientas libras.
Emma se alegró cuando llegaron las demás. Era preferible mirar el vestido de su cuñada a escuchar a Robert, que la habÃa irritado y entristecido por igual. Su mujer, tan elegante como si estuviera en una de sus fiestas, entró disculpándose por su traje.
—No querÃa haceros esperar —dijo—, asà que me puse lo primero que encontré. Me temo que voy hecha una facha. Mi querido Sr. Watson —dijo, dirigiéndose a él—, no te has empolvado el pelo.
—No, ni lo pretendo. Creo que está suficientemente empolvado para cenar con mi mujer y mis hermanas.
—DeberÃas cambiarte antes de cenar cuando vas de visita, aunque no lo hagas en casa.
—TonterÃas.