Los Watson
Los Watson Entonces se abrió la puerta y apareció Tom Musgrave, embozado en su capa de viajero. Había estado en Londres y, de camino a casa, se había desviado un kilómetro de su ruta para detenerse diez minutos en Stanton. Le encantaba sorprender a la gente con visitas inesperadas en días insospechados, y en aquella ocasión tenía un motivo adicional para hacerlo: contar a las hermanas Watson —a quienes esperaba encontrar sentadas y ocupadas tranquilamente en sus labores después del té— que volvía a casa para cenar a las ocho.
Pero cuál no fue su sorpresa cuando, en vez de ser conducido al salón de siempre, le abrieron de par en par la puerta del salón principal (algo más espacioso que el otro) y se encontró ante un grupo de personas elegantemente vestidas a quienes no reconoció en un primer momento. Elizabeth estaba sentada junto a la mejor mesa Pembroke, ante un delicado servicio de té. El recién llegado se quedó atónito y sin saber qué decir durante unos segundos.
—¡Musgrave! —exclamó dulcemente Margaret.
