Los Watson

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El joven recobró la compostura y avanzó, encantado de encontrar un círculo de amistades como aquél y bendiciendo su buena suerte por ese favor inesperado. Estrechó la mano a Robert y saludó con una reverencia y una sonrisa a las damas —todo ello ejecutado con gran elegancia—; pero Emma, que lo observó atentamente, no descubrió en él ni el más leve rastro de emoción o trato particular hacia Margaret; no percibió nada que no justificara la opinión de Elizabeth, aunque las recatadas sonrisas de Margaret indicaban que estaba convencida de ser el motivo de la visita.

No fue difícil convencerle de que se quitara la capa y tomara el té con ellos, puesto que, como él señaló, «lo mismo le daba cenar a las ocho que a las nueve». Aunque no parecía buscarlo, aceptó sentarse en la silla que Margaret le ofrecía insistentemente a su lado para librarlo así del peligro de sus hermanas; pero la joven no pudo protegerle de las preguntas de su hermano, y Musgrave, al venir de Londres y haber salido de allí apenas cuatro horas antes, tuvo que ponerle al tanto de las últimas novedades y del ambiente general que se respiraba en la capital. Finalmente Tom pudo atender a las demandas menos importantes y racionales de las mujeres y quedó libre para escuchar las tiernas atenciones de Margaret, mientras ella le expresaba sus temores de que hubiera tenido un viaje espantosamente frío, oscuro y terrible.


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