Mansfield Park

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Salvo su rechazo al primo de la niñera, sir Thomas no puso ya ninguna objeción; y tras sustituir ese lugar de encuentro por otro más digno, aunque menos económico, se consideró todo arreglado, y paladearon ya los placeres de tan caritativo proyecto. En estricta justicia, la participación en los sentimientos gratificantes no debería haber sido igual; porque sir Thomas estaba totalmente dispuesto a ser el verdadero y coherente patrocinador de la criatura elegida, mientras que la señora Norris no tenía la menor intención de gastar nada en su mantenimiento. En tanto fuera pasear, charlar o hacer planes, era absolutamente benévola, y nadie sabía como ella dictar liberalidad a los demás; pero su amor al dinero era tan grande como su amor a mandar, y sabía tan bien ahorrar el suyo como gastar el de los amigos. Habiéndose casado con unos ingresos mucho más escasos de lo que había esperado, creyó necesaria una muy estricta economía; y lo que empezó siendo una medida de prudencia, se convirtió pronto en una cuestión de elección, en objeto de esa necesaria solicitud que por falta de hijos no podía satisfacer. De haber tenido una familia a la que mantener, quizá la señora Norris no habría ahorrado dinero jamás; pero dado que carecía de cuidados de ese tipo, no había nada que le impidiera economizar, ni privarse del consuelo de añadir anualmente cierta cantidad a unos ingresos conforme a los cuales nunca habían vivido. Con este principio embotador, sin un afecto verdadero por su hermana que lo contrarrestase, le fue imposible aspirar a otra cosa que a la honra de planear y decidir tan costosa caridad; aunque quizá se conocía tan poco a sí misma como para regresar a la casa parroquial, tras esta conversación, con la feliz convicción de que era la hermana y tía más liberal del mundo.


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