Mansfield Park
Mansfield Park A la cena siguieron inmediatamente el té y el café: el viaje de dieciséis kilómetros que les esperaba no permitía mucha pérdida de tiempo, y desde que se sentaron a la mesa hasta la llegada del coche a la puerta, fue todo una sucesión de bulliciosas naderías. La señora Norris, que no podía estarse callada y había obtenido del ama de llaves unos cuantos huevos de faisán y queso de nata, y se deshacía en cortesías a la señora Rushworth, se dispuso a abrir la marcha. Al mismo tiempo, el señor Crawford, acercándose a Julia, dijo:
—Espero no haber perdido a mi compañera, a menos que le dé miedo el aire de la noche en un asiento tan expuesto.
Julia no había previsto esta invitación, pero la aceptó muy amablemente, y su día iba a terminar casi tan bien como había empezado. La señorita Bertram había pensado otra cosa, y se sintió algo decepcionada… Pero su convencimiento de ser en realidad la preferida la consoló en secreto, y le permitió recibir las atenciones de despedida del señor Rushworth como debía. Desde luego, él se alegraba más de ayudarla a subir al interior del birlocho que a trepar al pescante… alegría que pareció confirmar el arreglo.