Mansfield Park
Mansfield Park —Gracias por tus palabras, Fanny; pero es más de lo que yo mismo podrÃa afirmar. Al contrario, probablemente me ha inclinado el saber que hay tal provisión para mÃ. Y no creo que esté tan mal que sea asÃ. No hay ninguna aversión natural que vencer, y no veo ningún motivo por el que un hombre sea peor sacerdote por el hecho de saber que tendrá pronto medios suficientes. He estado en buenas manos. Espero no haber sido influido en una dirección equivocada, y desde luego mi padre fue escrupuloso al concederlo. No me cabe duda de que me influyó, aunque creo que no es en absoluto censurable.
—Es lo mismo —dijo Fanny tras una breve pausa— que cuando ingresa en la marina el hijo de un almirante, o cuando se mete en el ejército el hijo de un general, y nadie ve nada malo en ello. Nadie se extraña de que prefieran la especialidad en la que sus amigos pueden ayudarle mejor, ni sospecha que van con menos convicción de lo que parecen.
—No lo es, mi querida señorita Price; y por buenas razones. La profesión, sea en la marina o en el ejército, es su propia justificación. Lo tiene todo a su favor: heroÃsmo, peligro, esfuerzo, distinción. Los soldados y los marinos son siempre bien acogidos por la sociedad. Nadie se extraña de que los hombres sean soldados o marinos.