Mansfield Park
Mansfield Park —No podemos probar lo contrario, desde luego… pero le deseo a usted un destino mejor, señorita Price, que el de esposa de un hombre cuya afabilidad depende de sus propios sermones; porque aunque pueda predicar para sà un buen sermón los domingos, es lo bastante malo para pelearse sobre gansos de lunes por la mañana a sábado por la noche.
—Creo que el hombre capaz de pelearse con Fanny —dijo Edmund con afecto— tiene que ser insensible a cualquier sermón.
Fanny salió al ventanal. Y la señorita Crawford sólo tuvo tiempo de añadir en broma: «Me da la impresión de que la señorita Price está más acostumbrada a merecer alabanzas que a oÃrlas», cuando las señoritas Bertram la invitaron calurosamente a unirse a su coro; se dirigió al instrumento. Edmund la siguió con la mirada arrobado de admiración ante sus muchas cualidades: desde sus modales afables a la gracia y ligereza de su paso.
—Ahà va el buen humor, sin duda —dijo un momento después—. ¡Ahà va un carácter que jamás harÃa sufrir! ¡Qué bien anda! ¡Y con qué agrado acepta la inclinación de los demás! Y se une a ellos en cuanto se lo piden. ¡Qué pena —añadió tras un instante de reflexión— que haya estado en las manos que ha estado!