Mansfield Park

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¡Qué decepción! Realmente, era una pena que no asistiera la señora Grant. Sus modales agradables y su conformidad hacían que todos la estimaran… pero ahora era absolutamente imprescindible. No podían actuar, no podían ensayar de manera satisfactoria sin ella. Esto estropeó la tranquilidad de la velada. ¿Qué se podía hacer? Tom, que era el campesino, estaba desesperado. Tras unos momentos de perplejidad, algunas miradas empezaron a volverse hacia Fanny, y una o dos voces a decir:

—¿Y si la señorita Price fuera tan amable de leer el papel?

Al punto se vio rodeada de súplicas: todo el mundo se lo pedía, incluso Edmund: «Fanny, por favor, hazlo; si no te resulta demasiado desagradable».

Pero Fanny aún se resistía. No soportaba la idea de hacerlo. ¿Por qué no se lo pedían a la señorita Crawford? ¿O por qué no se había quedado ella en su habitación, donde se sentía segura, en vez de asistir al ensayo? Sabía que la iba a irritar y a hacerla sufrir, sabía que su obligación era mantenerse alejada. Éste era su justo castigo.

—Sólo tiene que leer el papel —dijo Henry Crawford con renovada insistencia.

—Estoy segura de que puede recitar cada palabra de ese papel —añadió Maria—; porque el otro día corrigió a la señora Grant en veinte de sus intervenciones. Fanny, estoy segura de que te sabes el papel.


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