Mansfield Park
Mansfield Park —¿Tú crees? —dijo Fanny—. A mà me parece que a tu padre no le gustan las caras ajenas. Me parece que aprecia la misma tranquilidad de la que hablas, y que el sosiego de su propio cÃrculo familiar es cuanto necesita. Y no me parece que estemos más serios de lo que solÃamos estar; me refiero a antes de irse mi tÃo. Que yo recuerde, siempre ha sido lo mismo. Nunca se oÃan muchas risas en su presencia. O si hay algún cambio, creo que no es sino el que una ausencia como la suya tiende a producir al principio. Hay una especie de reserva. Pero no recuerdo que nuestras veladas fueran alegres antes, salvo cuando mi tÃo estaba en la capital. Ningún joven lo es, supongo, cuando las personas a las que respetamos están en casa.
—Creo que tienes razón, Fanny —contestó, tras una breve reflexión—. Creo que nuestras veladas, más que haber cambiado, son otra vez lo que eran. La novedad estaba en que se habÃan vuelto animadas. Sin embargo, ¡qué cambio más impresionante en espacio de unas semanas! Yo me he sentido como si no hubiéramos vivido asà antes.
—Yo supongo que soy más seria que otras personas —dijo Fanny—. A mà las veladas no me parecen largas. Me encanta oÃr a mi tÃo hablar de las Indias Occidentales. PodrÃa estar escuchándole horas seguidas. Me distrae más que hacer otras muchas cosas… Pero creo que no soy como los demás.