Mansfield Park
Mansfield Park A la sazón, Edmund estaba abrumado de preocupaciones; en particular, le absorbían profundamente dos importantes acontecimientos que muy pronto debían decidir su destino en la vida: la ordenación y el matrimonio; acontecimientos lo bastante serios como para hacer que el baile —al que seguiría inmediatamente uno de ellos— tuviese menos trascendencia a sus ojos que a los de cualquier otra persona de la casa. El 23 iría a visitar a un amigo de Peterborough que se hallaba en la misma situación que él: iban a recibir la ordenación en el transcurso de las Navidades. La mitad de su destino estaba, pues, determinada; pero la otra mitad no estaba tan serenamente encauzada. Sus deberes estarían bien establecidos, pero quizá la esposa que debía compartir, animar y recompensar esos deberes se hallaba aún fuera de su alcance. Conocía su propia decisión, pero no siempre estaba seguro de conocer la de la señorita Crawford. Había cuestiones sobre las que no coincidían por entero, había momentos en que ella no parecía favorable; y aunque confiaba totalmente en el afecto de ella al extremo de estar dispuesto —casi dispuesto— a tomar una decisión a muy corto plazo, en cuanto quedasen resueltos los diversos asuntos que tenía por delante y supiera qué podía ofrecerle, le asaltaban muchos desasosiegos y tenía muchas horas de dudas en cuanto a las consecuencias. Su convencimiento de que le quería era a veces muy firme; podía recordar un largo período alentador en el que ella dio muestras de un afecto totalmente desinteresado y demás. Pero otras veces, las dudas y el recelo se entremezclaban con sus esperanzas; y cuando pensaba en su confesada aversión al retiro y al aislamiento, en su decidida preferencia por la vida londinense, ¿qué podía esperar, sino un decidido rechazo? Eso si no se resolvía ella por una aceptación aún más lamentable, una aceptación que le exigiera a él sacrificios de posición y trabajo que su conciencia le debía prohibir.