Mansfield Park

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Fanny aún se resistía, y de corazón. Era un regalo demasiado valioso. Pero la señorita Crawford insistió, y expuso con tan afectuosa seriedad todas las razones, William y el crucifijo, y el baile, y ella misma, que finalmente consiguió su propósito. Fanny se vio obligada a ceder, para que no se la acusase de orgullo, indiferencia o alguna otra mezquindad. Y una vez dado su consentimiento con modesta renuencia, procedió a escoger. Miró y miró, deseando saber cuál sería el menos valioso, y finalmente se decidió por uno, al parecerle que era el que más a menudo le colocaba delante. Era de oro, y estaba primorosamente labrado. Y aunque Fanny lo habría preferido más largo, y de cadena más sencilla, esperó, al decidirse por éste, haber escogido el que menos deseaba conservar la señorita Crawford. Ésta sonrió con total aprobación; se apresuró a completar el regalo poniéndoselo alrededor del cuello, e instándola a que comprobara lo bien que le iba.

Fanny no tuvo una palabra que decir en contra; y, salvo cierto reparo que aún tenía, se sintió indeciblemente contenta con tan oportuno regalo. Quizá hubiera preferido recibirlo de otra persona. Pero éste era un sentimiento indigno. La señorita Crawford se había anticipado a su necesidad con un tacto que demostraba que era una verdadera amiga.

—Cuando lleve este collar, pensaré siempre en usted —dijo—; y recordaré lo amable que es.


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