Mansfield Park

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La entrada de los Grant y los Crawford supuso una transición favorable. Enseguida desapareció el envaramiento de la reunión ante sus modales corrientes y su familiaridad general: se formaron grupitos, y todo el mundo empezó a sentirse a gusto. Fanny notó la ventaja; y una vez abandonado el penoso deber de la cortesía, habría vuelto a sentirse dichosa si hubiera podido evitar que sus ojos vagaran entre Edmund y Mary Crawford. Ella estaba bellísima. ¿Qué no podía ocurrir al final? Su meditación concluyó al descubrir ante sí al señor Crawford, y sus pensamientos tomaron otro derrotero al pedirle éste, casi inmediatamente, los dos primeros bailes. Ahora su felicidad tuvo un sabor agridulce. Tener asegurada la pareja al principio era esencial, porque se estaba acercando gravemente el momento de empezar, y comprendía lo bastante poco sus derechos como para pensar que si el señor Crawford no se lo hubiera pedido, habría sido la última en ser solicitada, y habría conseguido pareja sólo mediante una serie de averiguaciones, tanteos e intromisiones que habrían sido terribles; pero al mismo tiempo había una intencionalidad en su manera de solicitarla que no le gustaba, y vio que su mirada se detenía un instante en el collar, con una sonrisa —a Fanny le pareció una sonrisa— que la hizo ruborizarse y sentirse mal. Y aunque no hubo una segunda mirada que la turbara, aunque el propósito de él parecía ser entonces meramente el de agradar, no logró sobreponerse a su confusión, acentuada como estaba por la conciencia de que él se daba cuenta, y no se serenó hasta que él la dejó para saludar a alguien. Entonces pudo alcanzar poco a poco la satisfacción sincera de tener una pareja, una pareja voluntaria, antes de que empezara el baile.


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