Mansfield Park
Mansfield Park —Lo digo en serio. Jamás he escuchado a un buen predicador sin una especie de envidia. Pero deberÃa tener un auditorio londinense. No serÃa capaz de predicar más que a personas cultas; a los que fueran capaces de valorar mi composición. Y no sé si me gustarÃa predicar a menudo; de vez en cuando, quizá; una o dos veces en primavera, después de hacerme esperar ansiosamente media docena de domingos seguidos; pero no de forma continuada; conmigo no va la constancia.
Aquà Fanny, que no podÃa por menos de escuchar, meneó la cabeza sin querer; y Crawford se acercó a ella otra vez y le pidió que le dijese qué querÃa decir; y como Edmund se diera cuenta, al ver que acercaba su silla y se sentaba junto a ella, de que iba a ser un ataque en toda regla, de que iba a hacer uso de miradas y palabras en voz baja, se retiró lo más calladamente que pudo a un rincón, se volvió de espaldas y cogió un periódico, deseando muy sinceramente que la querida y pequeña Fanny accediese a explicar ese movimiento negativo de cabeza a satisfacción de su ardiente enamorado, y procurando tapar su cuchicheo con comentarios sobre los diversos anuncios: «Interesante propiedad en el sur de Gales», «A padres y tutores», y «Adiestrado caballo de caza».