Mansfield Park
Mansfield Park —¡El diablo se lleve a esos pequeños condenados! ¡Qué escandalera! ¡Y la voz que más se oye es la de Sam! Ese muchacho tiene madera de contramaestre. ¡Eh, Sam… deja de dar berridos o voy por ti!
Esta amenaza fue tan manifiestamente desoÃda que, si bien a los cinco minutos irrumpieron los tres chicos en la habitación y se sentaron, Fanny no lo consideró sino una prueba de que estaban completamente agotados, como demostraban sus caras encendidas y su respiración agitada; sobre todo cuando seguÃan dándose patadas en las espinillas y profiriendo gritos repentinos para sobresaltarse ante los mismos ojos del padre.
La siguiente vez que se abrió la puerta fue para dejar paso a algo más grato: llegó el servicio del té, que Fanny casi habÃa empezado a desesperar de ver esa noche. Susan y una sirvienta joven, cuyo aspecto subalterno informó a Fanny, para gran sorpresa suya, de que la que habÃa visto antes era la superior, trajeron todo lo necesario para la comida; Susan miró a su hermana mientras ponÃa el hervidor al fuego, como dividida entre la alegrÃa triunfal de demostrar que era útil y hacendosa, y el temor a que pensasen que se rebajaba con semejante menester. HabÃa estado en la cocina, dijo, dando prisa a Sally y ayudándola a hacer las tostadas y a ponerles mantequilla; si no, no sabÃa cuándo habrÃan tomado el té; y estaba segura de que su hermana necesitaba tomar algo, después del viaje.