Mansfield Park

Mansfield Park

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La desazón que le produjo casi toda esta carta, y su extrema aversión a contribuir a que se reunieran la autora y su primo Edmund, la incapacitaron (se daba cuenta) para decidir con imparcialidad si aceptar o no el firme ofrecimiento. Para ella personalmente, era de lo más tentador. Verse trasladada a Mansfield quizá en espacio de tres días era una imagen de indecible felicidad; pero habría sido un grave inconveniente deber tal felicidad a personas en cuyos sentimientos y conducta veía tantas cosas condenables en el momento actual: los sentimientos de la hermana, la conducta del hermano, la fría ambición de ella, la desconsiderada vanidad de él. ¡Que aún siguiera con su relación, su coqueteo tal vez, con la señora Rushworth! Se sentía herida. Le había juzgado mejor. Afortunadamente, sin embargo, no le fue posible sopesar y decidir entre inclinaciones opuestas e ideas vacilantes de lo correcto; no tuvo opción a determinar si debía mantener separados a Edmund y a Mary o no. Tuvo que aplicar una regla que lo zanjaba todo. El temor a su tío, y el miedo a tomarse una libertad con él, le hicieron ver con claridad cuál era su obligación. Debía rechazar absolutamente el ofrecimiento. Si él quería, mandaría a buscarla; incluso ofrecerse a regresar pronto era una presunción que nada habría justificado. Dio las gracias a la señorita Crawford, pero rechazó rotundamente su sugerencia: «Su tío, tenía entendido, pensaba mandar a recogerla; y dado que su primo llevaba muchas semanas enfermo sin que se considerase en absoluto necesaria la presencia de ella, debía suponer que su regreso no era oportuno en estos momentos, y que podían juzgarla un estorbo».


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