Sentido y sensibilidad

Sentido y sensibilidad

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—¡Yo! —replicó Elinor, algo confundida—. Es que, Marianne, no tengo nada que decir.

—Tampoco yo —respondió enérgicamente Marianne—; estamos entonces en las mismas condiciones. Ninguna de las dos tiene nada que contar; tú porque no comunicas nada, y yo porque nada escondo.

Elinor, consternada por esta acusación de exagerada reserva que no se sentía capaz de ignorar, no supo, en tales circunstancias, cómo hacer que Marianne se le abriera.

No tardó en aparecer la señora Jennings, y al dársele la nota, la leyó en voz alta. Era de lady Middleton, y en ella anunciaba su llegada a Conduit Street la noche anterior y solicitaba el placer de la compañía de su madre y sus primas esa tarde. Ciertos negocios en el caso de sir John, y un fuerte resfrío de su lado, les impedían ir a Berkeley Street. Fue aceptada la invitación, pero cuando se acercaba la hora de la cita, aunque la cortesía más básica hacia la señora Jennings exigía que ambas la acompañaran en esa visita, a Elinor se le hizo difícil convencer a su hermana de ir, porque aún no sabía nada de Willoughby y, por lo tanto, estaba tan poco dispuesta a salir a distraerse como renuente a correr el riesgo de que él viniera en su ausencia.


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