Sentido y sensibilidad
Sentido y sensibilidad Los de la casa formaban un grupo pequeño, y las horas fueron pasando tranquilamente. La señora Palmer tenía a su hijo y la señora Jennings sus bordados; hablaron de los amigos que habían dejado atrás, organizaron los compromisos de lady Middleton y varias veces se preguntaron si el señor Palmer y el coronel Brandon llegarían más allá de Reading esa noche. Elinor, aunque con escaso interés en la conversación, participaba en ella; y Marianne, que tenía el don de arreglárselas en cualquier casa para llegar a la biblioteca, sin importar cuánto la evitara la familia en general, muy pronto se agenció un libro.
La señora Palmer no escatimaba nada que su constante buen humor y espíritu amistoso pudieran ofrecer para que sus invitadas se sintieran bien acogidas. La franqueza y cordialidad de su trato más que compensaba por esa falta de compostura y elegancia que a menudo la hacía fallar en las formalidades de la cortesía; conquistaba con su afabilidad, acreditada por su rostro tan lindo; sus necedades, aunque evidentes, no desagradaban porque no era presuntuosa; y Elinor le habría podido perdonar cualquier cosa, salvo su risa.
La llegada de los dos caballeros al día siguiente, a una cena muy tardía, aportó un grato aumento de la concurrencia y una muy bienvenida variación en las conversaciones, que una larga mañana bajo la misma lluvia sostenida había reducido a niveles muy bajos.