Sentido y sensibilidad
Sentido y sensibilidad —SÃ, incluso eso. Le sorprenderÃa saber cuán a menudo las vi, cuántas veces estuve a punto de toparme con ustedes. Entré en innumerables tiendas para evitar que me vieran desde el carruaje en que iban. Viviendo en Bond Street como yo lo hacÃa, casi no habÃa dÃa en que no divisara a una de ustedes; y lo único que pudo mantenernos apartados durante tanto tiempo fue mi permanente alerta, un constante e imperioso deseo de mantenerme fuera de la vista de ustedes. Evitaba a los Middleton tanto como me era posible, al igual que a todos los que podÃan resultar conocidos comunes. Pero sin saber que se encontraban en la ciudad, me tropecé con sir John, creo, el dÃa en que llegó, al dÃa siguiente de mi visita a casa de la señora Jennings. Me invitó a una fiesta, a un baile en su casa esa noche. Aunque no me hubiera dicho para convencerme que usted y su hermana estarÃan allÃ, habrÃa sentido que era algo demasiado probable como para atreverme a ir. La mañana siguiente trajo otra breve nota de Marianne, todavÃa afectuosa, franca, ingenua, confiada… todo lo que podÃa hacer más odiosa mi conducta. No pude responderle. Lo intenté, y no pude redactar ni una sola frase. Pero creo que no habÃa momento del dÃa en que no pensara en ella. Si puede compadecerme, señorita Dashwood, compadézcase de mi situación como era en ese entonces. Con la mente y el corazón llenos de su hermana, ¡tenÃa que representar el papel de feliz enamorado frente a otra mujer! Esas tres o cuatro semanas fueron las peores de todas. Y asÃ, finalmente, como no es necesario que le diga, inevitablemente nos encontramos. ¡Y a qué dulce imagen rechacé! ¡Qué noche de agonÃa fue ésa! ¡De un lado, Marianne, hermosa como un ángel, diciendo mi nombre con tan dulces acentos! ¡Oh, Dios! ¡Alargándome la mano, pidiéndome una explicación con esos embrujadores ojos fijos en mi rostro con tan expresiva solicitud! Y Sophia, celosa como el demonio, por el otro lado, mirando todo lo que… En fin, qué importa ahora; ya todo ha terminado. ¡Qué noche aquella! Huà de ustedes apenas pude, pero no antes de haber visto el dulce rostro de Marianne blanco como la muerte. Esa fue la última vez que la vi, la última imagen que tengo de ella. ¡Fue una visión terrible! Pero cuando hoy la imaginé muriendo de verdad, fue una especie de alivio pensar que sabÃa exactamente cómo aparecerÃa ante los últimos que la verÃan en este mundo. La tuve frente a mÃ, siempre frente a mà durante todo el camino, con el mismo rostro y el mismo color.