El trasgo del desierto

El trasgo del desierto

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Éstos constituían, hasta entonces, el indicio más importante, salvo uno que Pete no pensaba mencionar todavía. Relacionaban a Standish Buckland con la cuadrilla de salteadores. Por lo menos tendría que explicar de dónde los había sacado.

Pero el brillo de los ojos de Pete se hizo más duro cuando, a un cuarto de camino del rancho de Buckland, las huellas de los neumáticos demostraron que el joven se había apartado del camino corriente para meterse por uno secundario que corría hacia el Nordeste, en dirección al Recodo de Sutter.

Pete encauzó a Sonny por dicho camino. Los caballos de los comisarios seguían de cerca al alazán.

—No se dirigía al rancho, pues eso, por lo menos, es seguro —dijo Pete, picando espuelas—. Si va a reunirse con alguno de la cuadrilla, tal vez nos sea posible efectuar alguna detención esta noche.

Los tres hombres cabalgaban revólver en mano ya. Estaban preparados para hacer frente a lo que se presentase. Pero lo que se presentó fue de un carácter muy distinto a lo que se habían esperado.

Unas dos millas camino secundario adentro, en un trecho solitario que serpenteaba por entre un bosque, hallaron el potente coche estrellado contra un árbol.

¡El joven tenía incrustadas tres balas en la cabeza!


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