El trasgo del desierto
El trasgo del desierto —Continúe la buena obra, doctor —dijo, Pete—. A la población no le irÃan mal unos cuantos hombres más como usted.
El médico siguió su camino. Pete continuó vigilando. Vio a un hombre caminar hacia él. Era Bolster, el propietario del hotel de Manantiales de AntÃlope.
Bolster se acercó y sonrió cordialmente.
—¿Hay algo nuevo, sheriff? —preguntó—. No me gusta estarle molestando a usted continuamente, pero el asunto despierta mi interés.
—Claro —asintió Pete—, eso es muy fácil de comprender.
Sacó su revólver.
—¡Más vale que no eche mano o ningún arma, si es que lleva alguna! —advirtió, con aspereza—. ¡Queda usted detenido, Jacobo King, como jefe de la cuadrilla que a ido asesinando y robando por este distrito!
El hombre de cabello cano palideció, su mirada se tornó dura. Pete no hizo el menor movimiento.
—Es precioso el trabajito que se ha hecho en los dientes y el pelo, King —prosiguió Pete—; pero aun es más bonito el que se ha hecho con la nariz. ¡Le ha cambiado de aspecto por completo!