El trasgo del desierto
El trasgo del desierto —Más vale que asista a ese hombre, doctor —dijo Pete—. Tiene cara de necesitarlo. Queremos conservarle vivo para mandarle a la horca.
Regresó al despacho, haciendo seña a los comisarios de que le siguieran. Cerró la puerta con llave. Jacobo King aun no habÃa vuelto en sÃ. Pero lo reanimaron y volvieron a sentarle.
Jacobo se pasó la mano por la mandÃbula, que se le estaba hinchando ya. HabÃa desaparecido la esperanza de su mirada. SabÃa que estaba perdido irremisiblemente.
—Esperaba que Antonio intentara algo asà —dijo—. Era el único hombre en quien podÃa confiar ciegamente en caso de apuro. Era mi mejor pistolero.
Se fue tranquilizando poco a poco. TenÃa la frÃa serenidad del asesino profesional. En contestación a las preguntas de Pete Rice, dio nuevos detalles, varios de los cuales habÃa deducido ya el sheriff. Dijo que su relato acerca de que hubiera oÃdo un gemido en La Ciénaga era pura fantasÃa. Lo habÃa dicho para seguir despistando. HabÃa dejado que fueran hallados los cadáveres de los bandidos siempre que éstos fueran hombres del Oeste; pero habÃa hecho desaparecer los de todos aquellos que tenÃan aspecto de pistoleros de Chicago.