El trasgo del desierto
El trasgo del desierto La gente de dicha población hacía dinero. Bailaba y bebía, cantaba y se jugaba los cuartos. Eran como niños felices e inocentes que jugaran al borde de un peligroso precipicio. Estaban orgullosos de su población. Experimentaban cierta vanidad por la reputación que Coatchie estaba creándose por todo Arizona. Desde qué se hiciera llegar hasta allí un ramal del ferrocarril, toda la gente, desde Tucson hasta el río Colorado, llamaba a Coatchie la «población dc la prosperidad».
El nuevo ramal del ferrocarril, tendido sobre el suelo del sombrío desierto desde la línea principal, que se hallaba a setenta millas de distancia, había sido un manantial de ingresos para los rancheros de todo el distrito. Las penosas marchas que extenuaban a las reses habían pasado ya a la historia, aquellas marchas polvorientas a través de la punta, en forma de cuello de botella, del desierto de San Saba. ¡Setenta millas! ¡Setenta millas que cortaban carne a las reses con la misma facilidad que un cuchillo!
A lo largo de la calle principal había una hilera doble de edificios, no lo bastante viejos aun para haber perdido el dulce y aromático olor de pino; pero lo bastante para haber recibido ya su bautismo, de fuego. En el extremo Sur de la población había varias estructuras de tablas grises, veteranas éstas, restos de los tiempos en que el ganado fuera conducido a pie de un sitio a otro.