El trasgo del desierto
El trasgo del desierto —¿No es lógico que si Tomás Buckland fuera honrado y tuviese un poco de inteligencia los quisiera coger vivos?
—Buckland no prosperó porqué fuese inteligente —observó Pete—. Fue por su empuje, por su espÃritu belicoso, por su habilidad en pegar primero.
—Cuanto menos imaginación tiene un hombre —prosiguió, sonriendo—, sÃ, y cuanto menos inteligencia tiene a veces, tanto más se halla en condiciones de hacer negocios.
—Tal vez sea ese el motivo de que a «Miserias» le vaya tan bien su negocio de barberÃa —observó Teeny Butler, con malicia.
—Oye, tú, so pedazo de carne con ojos... —empezó a decir «Miserias».
—Teeny sólo quiere hacerte rabiar, compadre —le interrumpió Pete.
Pero Hicks «Miserias» se habÃa soltado el pelo ya. Los dos comisarios se insultaron mutuamente. Se profesaban un profundo cariño: habÃan luchado espalda contra espalda con demasiada frecuencia para no ser los mejores amigos del mundo. Pero ningún extraño lo hubiera creÃdo eso en aquel momento.