La rebelión de Atlas
La rebelión de Atlas No respondió. No tenía por qué hacerlo. El miedo era ya un viejo conocido para Eddie. Se aferraba a su mente con la persistencia de un reloj que marcaba el fin de algo que no podía definir.
La ciudad se levantaba alrededor de él como un cadáver elegante, sus rascacielos ennegrecidos por la mugre y sus calles plagadas de rostros vacíos. En lo alto, un calendario público marcaba la fecha: 2 de septiembre. A Eddie siempre le había perturbado esa enorme página suspendida sobre los edificios, como si el tiempo se burlara de todos.
Su destino era el edificio de Taggart Transcontinental, el corazón de un imperio ferroviario que alguna vez había simbolizado la fuerza y la ambición. Ahora, los trenes llegaban tarde, las vías se oxidaban y los clientes abandonaban la empresa en busca de mejores horizontes. Pero para Eddie, ese lugar aún significaba algo. Era un bastión en un mundo que parecía desmoronarse.
Cuando llegó al despacho del presidente, James Taggart, lo encontró hundido en su sillón, un hombre cuya pálida arrogancia parecía más apropiada para un mausoleo que para una oficina de mando. —Jim, hemos perdido otro tren en la línea Río Norte. No podemos seguir ignorando esto. James levantó la mirada, molesto. —Todos enfrentamos problemas, Eddie. Nadie puede culparnos por un poco de mala suerte.
