La rebelión de Atlas
La rebelión de Atlas James dejó caer el informe con una exhalación teatral. —No quiero oír hablar de Hank Rearden. Ese hombre es un oportunista que no entiende la importancia de sacrificarse por el bien común.
Dagny no perdió tiempo en discutir. No podía permitirse el lujo de esperar. La misma noche, tomó un tren hacia Pensilvania, donde las fábricas de Rearden Steel brillaban como fortalezas en medio de un paisaje de hollín y maquinaria. Allí, bajo un cielo iluminado por el fuego de los hornos, encontró a Hank Rearden supervisando la producción.
—Necesito rieles —dijo sin preámbulos. Rearden giró hacia ella, sus ojos claros reflejando el fulgor del metal fundido. —Tengo el mejor acero del mundo, pero no vendo ilusiones. ¿Estás dispuesta a arriesgarte? Dagny lo miró con firmeza. —Tu acero es el único que puede salvar la Río Norte. No necesito garantías, solo resultados.
Hank asintió, impresionado por su determinación. —Tendrás los rieles. Pero te advierto, esto no será fácil. Ni para ti ni para mí.
