El Coronel Chabert
El Coronel Chabert Frenhofer se estremeció. Gillette estaba allà en la actitud ingenua y sencilla de una joven georgiana inocente y miedosa, raptada y presentada por unos bandidos a algún vendedor de esclavos. Un púdico rubor coloreaba su rostro, bajaba los ojos, sus manos colgaban a sus costados, sus fuerzas parecÃan abandonarla y unas lágrimas protestaban contra lo que violentaba su pudor. En ese momento, Poussin, desesperado por haber sacado ese hermoso tesoro de su buhardilla, se maldijo a sà mismo. Se volvió más amante que artista y mil reparos torturaron su corazón cuando vio la mirada rejuvenecida del anciano, quien por una costumbre de pintor desnudó por asà decir a la joven, adivinando sus formas más secretas. Recobró entonces los feroces celos del verdadero amor.
—¡Gillette, vámonos! —exclamó.
Ante esa voz, ante ese grito, su amante alborozada levantó los ojos hacia él, lo vio y corrió a sus brazos.
—¡Ay, asà que me amas! —respondió prorrumpiendo en llanto.
Tras haber tenido la energÃa de callar su sufrimiento, le faltaban las fuerzas para ocultar su felicidad.
—¡Oh, dejádmela durante un rato! —dijo el viejo pintor—, y la compararéis con mi Catherine. SÃ, accedo.