Los campesinos

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Antes de la asombrosa prosperidad de la Ville-aux-Fayes, el primer piso del edificio, que tenía cuatro habitaciones con una cama cada una y el pobre e ineludible mobiliario para justificar el calificativo de albergue, se alquilaba a quienquiera que se viese obligado a ir a Soulanges para asuntos oficiales, o a los visitantes que no se alojaban en el castillo. Pero desde hacía más de veinticinco años esas habitaciones amuebladas no tenían otros ocupantes que los saltimbanquis, los feriantes, los vendedores de remedios o los viajantes de comercio. Cuando llegaba la fiesta de Soulanges, las habitaciones se alquilaban a razón de cuatro francos diarios. Las cuatro habitaciones de Socquard le proporcionaban un centenar de escudos, sin contar el producto de las consumiciones extraordinarias que sus ocupantes hacían en el café.

La fachada del lado de la plaza estaba adornada con pinturas especiales. En el trozo de pared que separaba cada ventana de la puerta, se veían unos tacos de billar cuidadosamente anudados por unas cintas, y cerca de esos nudos el vaho del ponche que humeaba en unas copas griegas. Las palabras CAFÉ DE LA PAZ brillaban pintadas de amarillo sobre un fondo verde, y a cada extremidad del letrero, unas pirámides de bolos tricolores. Las ventanas, pintadas de verde, tenían vidrieras de cristal corriente.


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