Los campesinos

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—Y bien, pequeña víbora —le dijo cogiéndola del brazo en cuanto hubo atado las riendas del caballo a una anilla de la parte delantera del carruaje y mientras el animal iba al paso—; ¿crees que podrás conservar a Bonnébault entregándote a semejantes violencias…? Si fueras lista, harías todo lo posible para que se casara con ese tonel de estupidez, y podrías vengarte de los dos.

María no pudo evitar una sonrisa al contestar:

—¡Qué malo es usted! Con razón es el maestro de todos nosotros.

—Escucha, María, yo quiero mucho a los campesinos; pero lo que no me gusta es que ninguno se me meta en la boca, y un bocado de buena caza… Tu hermano Nicolás, como ha dicho Aglaé, persigue a la Péchina. Eso no está bien, porque yo protejo a esa muchacha; me heredará treinta mil francos, y quiero casarla bien. He sabido que Nicolás, ayudado por tu hermana Catalina, ha estado a punto de matar a esa pobre niña esta mañana; verás a tu hermano y a tu hermana y les dirás: «Si dejáis a la Péchina tranquila, el tío Rigou librará a Nicolás del servicio militar…».

—Es usted el diablo en persona —exclamó María—. Ya dicen que ha firmado usted un pacto con él… ¿Es posible?

—Sí —contestó gravemente Rigou.


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