Amor profano
Amor profano —No podremos seguir —murmuró el cochero—. Debemos buscar refugio.
Ivona sintió un escalofrÃo recorrerle la columna.
—¿Dónde?
—Hay una posada cerca —dijo la monja, señalando hacia la sombra de un edificio entre los árboles—. Pasaremos la noche allÃ.
Un respiro. Un aplazamiento. Pero nada más.
El destino seguÃa acechando, como un verdugo con la soga lista.
El interior de la posada olÃa a leña y especias. Ivona sintió el calor del fuego envolverla mientras cruzaba el umbral, pero no se permitió relajarse. La monja la guió hasta una mesa en un rincón, donde un par de soldados jugaban a los dados y un comerciante bebÃa en silencio.
—No hables con nadie —ordenó la monja, deslizándole un plato de sopa aguada—. Mañana al alba, partimos.
Ivona asintió, pero su mente ya estaba en otro lugar.
La tormenta rugÃa afuera. El camino estaba bloqueado. Y ella tenÃa una sola noche para encontrar una salida.