Amor profano
Amor profano Las puertas del castillo se cerraron tras ella con un golpe hueco. Su refugio habÃa desaparecido. Ahora solo quedaba el camino.
—No intentes escapar —advirtió su tÃo, su voz un filo de navaja—. El destino de una deshonrada no tiene más rutas que la penitencia.
Ivona apretó los dientes, clavando la mirada en el horizonte. Si hablaba, se romperÃa. Y no le darÃa ese placer.
El carruaje partió, crujiendo sobre la nieve helada. A su lado, la monja que la escoltaba murmuraba oraciones. La tela áspera de su hábito rozaba la piel de Ivona, como un recordatorio de la vida que la esperaba. Un convento perdido en las montañas, donde las penitentes eran flageladas hasta que la carne se abrÃa en surcos sangrantes.
No.
PreferÃa morir.
El viaje fue largo y silencioso. Solo el viento y el sonido monótono de los cascos de los caballos llenaban el aire. La monja intentó hablarle al principio, con palabras dulces de resignación y fe. Pero al ver el hielo en los ojos de Ivona, optó por el silencio.
La nieve empezó a caer más fuerte al caer la noche. El camino se volvió un manto blanco y resbaladizo. Los caballos avanzaban con dificultad, resoplando nubes de vapor.
