Aviraneta o la vida de un conspirador
Aviraneta o la vida de un conspirador Aviraneta, después de comer, se paseó con un coronel llamado Rosales y un canónigo grueso que estaba detenido como liberal: el canónigo Molinedo.
El último día del mes de septiembre entró en el viejo edificio del Salón de Cortes una nueva remesa de nacionales prisioneros del Trocadero.
El mismo día, el Salón de Cortes se desocupó, y más de la mitad de los presos vecinos de Sevilla quedaron libres gracias a las gestiones del subdelegado de Policía.
El capitán general quería fusilar a todo el mundo, y, en cambio, el subdelegado de Policía pretendía dejar en libertad a los presos políticos; de aquí esta desigualdad de procedimientos tan inquietante y tan absurda.
Una mañana, antes de almorzar, fue a visitar a Aviraneta un amigo masón, y le dijo que el subdelegado había dado orden de dejarle en libertad, pero que el secretario se oponía.
—Así que tendrá usted que estar unos días más.
—No me importa gran cosa el encierro —le contestó Aviraneta—; lo que me desagrada es ir a comer al salón, en donde ya no se puede estar por la pestilencia que hay. Si me trasladaran a otro lado, estaría bien.
—¿Adónde quiere usted que le trasladen?