Aviraneta o la vida de un conspirador
Aviraneta o la vida de un conspirador —¡Qué sé yo! A un rincón cualquiera de este viejo edificio.
El amigo masón habló al jefe de la cárcel, y este dijo que el único local vacío era una pequeña habitación en el campanario.
Fueron a verla; la habitación consistía en un cuarto pequeño como un gabinete y una alcoba; el cuarto se iluminaba con una gran ventana con rejas, y la alcoba por una aspillera.
El jefe mandó desocupar el local, e hizo trasladar la cama de don Eugenio. Le pusieron una mesita y una silla.
De noche subía Aviraneta a lo alto del campanario, desde cuyo balcón pasó horas y horas contemplando Sevilla a la luz de la luna.
Al día siguiente por la mañana, al despertar, experimentó la sorpresa de ver a un fraile dominico que entraba en su cuarto acompañado del sargento.
—Hijo mío —le dijo el fraile con acento andaluz muy meloso—, he sabido que estás preso, y vengo a ofrecerte los socorros de la religión. Supongo que tendrás cargada la conciencia, y que una confesión general aliviará tu alma.
—¿Es que han pensado ahorcarme? —preguntó Aviraneta al sargento, saltando en camisa de la cama.
—No, no; este padre ha venido a confesar a otros presos, y ha querido verle a usted.