Aviraneta o la vida de un conspirador
Aviraneta o la vida de un conspirador Echó don Eugenio al fraile con cajas destempladas, saltó de la cama, se vistió y bajó hasta la puerta de la torre y la cerró.
Al día siguiente decidió estudiar el terreno para ver si era posible una evasión. Se acostó temprano y se levantó al amanecer.
El patio en donde se levantaba la torre se hallaba circunscrito por tres paredes altísimas y otra no tan alta que la separaba de un jardín poblado de árboles.
Examinó la tapia más baja, y vio que había una antigua ventana cerrada a la altura de tres o cuatro varas. Si esta ventana no tenía reja, por allí debía ser fácil pasar al jardín vecino.
Al día siguiente, ya de noche, bajó, vio en el patio una barrica, la empujó y la llevó delante de la ventana, bajó de su cuarto una silla y la puso encima. Después se subió a ella, y, metiendo un palo puntiagudo por el resquicio de la ventana, llegó a abrirla. No había reja. A pulso, entró por la ventana, llenándose de arañazos la cara y las manos.
Pasó al otro lado, al jardín vecino, se agarró a la rama de un árbol y bajó por el tronco hasta la tierra. Estaba el huerto en silencio, se oía únicamente el piar de los pájaros en el follaje. Cruzó el jardín sin hacer ruido.