Aviraneta o la vida de un conspirador
Aviraneta o la vida de un conspirador Se acercó al árbol que estaba más inmediato a la pared que daba a la calle, trepó por él, y de rama en rama llegó al borde de la tapia y miró con precaución. Daba a una callejuela estrecha y desierta. La tapia tendría seis o siete varas de alta. Hacía falta una cuerda. Subió corriendo a su cuarto, y volvió con una sábana, la ató por un extremo después de hacerla tres pedazos. Se deslizó por la pared y descendió fácilmente.
Al día siguiente, después de pasar el resto de la noche en un rincón de una tapia abandonada, tomó el camino de Gibraltar por Utrera.
Era principios de noviembre, y hacía hermoso tiempo para viajar.
Solía dormir en el campo, compraba pan, y con pan y fruta se alimentaba.
Pasó Ubrique, pueblo bastante mísero, e internándose en la sierra de los Gazules, llegó a Jimena. Por la tarde salió de este pueblo, y poco después comenzó a ver el mar. El paisaje cambiaba; iban apareciendo grandes piteras y chozas con tejado de ramaje y de hierba.
Al frente de la bahía encontró un guardia del Resguardo, que le indicó el camino de Algeciras.