Aviraneta o la vida de un conspirador

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Al día siguiente llegaron a la isla de Porquerolles, donde anclaron. Se compraron víveres, se encendió la cocina, y comieron por primera vez caliente y de manera espléndida.

A medianoche se hicieron a la vela con tiempo hermoso, y a los doce días de dejar las costas de Francia estaban a la vista de Alejandría.

Por la mañana, al amanecer, se levantó don Eugenio de la cama, y se asomó a la borda. No se veía más que la costa baja, amarillenta, iluminada por el sol; la ciudad, vagamente, y la columna de Pompeyo, que se destacaba con claridad.

Estuvieron mucho tiempo parados delante de Alejandría. Al día siguiente se acercaron al puerto; por la mañana llegó el cónsul inglés, fue a visitar a sir John y tuvo con él una larga conferencia. Después de la entrevista, el capitán avisó a Aviraneta que si quería saltar a tierra podía entrar en Alejandría en compañía del cónsul, como súbdito inglés, sin que en la Aduana le molestasen.

Fue don Eugenio a dar las gracias a sir John, que les escuchó impasible y le hizo un saludo militar como si no le conociera, y bajó a la lancha del cónsul.

Aviraneta tomó un cuarto en casa de un maltés llamado Chiaramonte, recomendado por un judío corresponsal de Benolié, para quien le había dado una carta.


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