Aviraneta o la vida de un conspirador
Aviraneta o la vida de un conspirador —¿Está el señor Tal? —preguntó el empleado que me acompañaba.
—No, señor; no está en Madrid.
—¿El señor Cual?
—Acaba de salir ahora mismo.
—¿Don Fulano?
—Tiene la mujer mala y no viene.
—¿Don Zutano?
—Tampoco está.
El empleado me miró frÃamente, como diciendo: «Puede usted hacer lo que guste». Y se marchó.
—Mire usted —dije al portero—, yo quisiera ver si aquà hay una documentación de un tal Aviraneta.
—Aviraneta; la A está allá arriba —me dijo, mostrándome un aparador muy alto—. No se puede subir.
—¿Pero no habrá por aquà una escalera?
HabÃa una escalera. La cogà yo y la puse en la pared. El portero subió al estante y echó al suelo un legajo lleno de polvo. Lo miré con cuidado. Nada.
A los ocho o diez dÃas fui al Ministerio de Hacienda; nueva escena por el estilo, hasta que me enviaron a una oficina del patio. AllÃ, un viejo empleado me dijo:
—Vuelva usted dentro de quince dÃas. VolvÃ; el viejo me dio una nota que ponÃa: «Aviraneta, Eugenio: Archivo de Clases Pasivas».