Aviraneta o la vida de un conspirador

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Continuaba el mismo viento, y sin mudar aparejos ni hacer maniobras, entraron a los pocos días en el golfo de Méjico, y con igual viento en popa llegaron, a los veinticinco días de travesía, es decir, a fines de abril de 1825, a la embocadura del río Alvarado.

Un comerciante español, don Alejandro Troncoso, apoderado de Ibargoyen en Alvarado, se presentó inmediatamente en el barco y llevó a su casa a don Eugenio y a su primo Berroa.

La primera diligencia de Aviraneta fue ir a casa de los consignatarios de los comerciantes españoles y entregarles las facturas para el desembarco de las mercancías. Don Eugenio tenía su ancheta aparte, que le dejó en limpio después de vendida más de mil duros.

La situación de Alvarado era muy triste en aquella estación. El vómito negro se había desplegado con toda su fuerza. Morían diariamente más de cien personas, y lo mismo atacaba a los extranjeros que a los naturales del país, cosa que nunca se había conocido, y que hizo sospechar que más bien sería alguna peste asiática.

A pesar de que los extranjeros veían la enorme mortandad de la población, ninguno se marchaba, pudiendo más la codicia que el miedo a la muerte. Don Eugenio era de los que no tenían ninguna aprensión, y miraba con indiferencia y sin hacer caso la epidemia.


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