Aviraneta o la vida de un conspirador

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Después de ocho días volvió don Eugenio a Alvarado, y como no le parecía muy confortable el cuarto en casa del comerciante español, y, además, era la pensión muy cara, determinó marcharse a vivir a un jacal cerca del barracón de las mercancías.

Entonces hizo conocimiento con el coronel Vázquez, mestizo, con gran partido entre los jarochos.

El coronel Vázquez le invitó a una función nocturna que celebraban los jarochos todas las semanas en un bosque a dos leguas de Alvarado.

Vázquez le condujo a una ranchería dentro del bosque, que pertenecía a un ranchero bien acomodado, compadre del coronel. La casa era de paja, inmensamente grande, dividida y subdividida por paredes de caña, revestidas de esteras finas.

No había muebles, a excepción de banquetas rústicas de madera; las camas eran esteras, algunos catres de viento y diferentes hamacas de pita.

Las cuatro hijas de la casa vestían camisas de Holanda, con las pecheras bordadas y ajustadas, como las de los hombres, con botones de pedrería al cuello y enaguas o faldas tan sutiles, de gasa, de encaje o de batista de colores, que de día se les traslucía el cuerpo. Llevaban medias de color de carne, zapatos de raso y una especie de banda de crespón de China de colorines cruzada por la espalda, como las bandas de los generales. Remataba el traje un sombrero adornado de flores naturales.


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