Aviraneta o la vida de un conspirador
Aviraneta o la vida de un conspirador Llevaban además, cinturón y pulseras de cucuyos, escarabajos, cucarachas o correderas, que exhalan luz fosfórica, tan resplandeciente, que de noche parecen esmeraldas.
Cuando vino el día de la fiesta, se sentaron fuera del jaral en bancos y petates, a ver llegar a los jarochos y jarochas. Por instantes brotaban cabalgando en fogosos caballos, con su dama a las ancas. Los hombres parecían picadores, con el sombrero de fieltro blanco de alas grandes. Hablaban con gran ceceo, y su andar era jaque y fanfarrón.
A medianoche el baile y el juego estaban en todo su esplendor, y el gentío podía alcanzar a quinientas personas. Cuando paraba la música, los bailarines bebían limonadas de vino y de pulque, comían pasteles y mantecadas. Sudaban como si estuvieran metidos en un baño de vapor, y los vestidos de las mujeres se ajaban y deslucían. El olor no era precisamente a rosas.
Al día siguiente, domingo, se celebraba el tianguis o mercado. Acudían muchos indios, que iban a vender gallinas y frutas, y los comerciantes españoles con telas.