Aviraneta o la vida de un conspirador

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Durante el viaje se llenó Aviraneta de picaduras de mosquitos y garrapatas, hasta el extremo de no poder continuarlo. Un indio le curó con hierbas, y le quitó las niguas incrustadas en la carne de los talones, y que habían anidado allí, impidiéndole andar.

En este intermedio recibió don Eugenio una carta de Alvarado, de don Alejandro Troncoso, participándole la muerte de su tío Ibargoyen, y dándole la noticia del testamento, en donde dejaba herederos a don Eugenio y a una hermana suya que residía en Madrid.

También le decía Troncoso que era indispensable la presencia de Aviraneta en Alvarado.

Se puso en camino, pero no volvió por donde había ido, de miedo a la plaga de bichos que le habían acosado. Volvió por Taliscoyan, y luego fue navegando por el río Limón. Todo él estaba plagado de caimanes, que asomaban la cabeza a flor de agua y daban grandes saltos levantando espuma, o tomaban el sol tendidos panza arriba en las orillas con la boca abierta.

En los márgenes del río se veían muchos cisnes, flamencos, patos salvajes y sinnúmero de loros, de la casta que se llaman caciques.

El señor Troncoso estaba muy apesadumbrado, porque el primo Berroa se había incautado de los dos almacenes de su tío Ibargoyen, y quería hacerlo de los fondos que tenía Troncoso pertenecientes al mismo.


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