Aviraneta o la vida de un conspirador

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Se pensó en quién podía ponerse a la cabeza de la expedición, y a don Eugenio se le ocurrió llamar a un tal Sanabria, a quien él había favorecido mucho en Veracruz, que había servido en las filas de Boyes y Páez con toda fidelidad, y que, además, era mestizo, nacido en Méjico.

A los quince días estaba Sanabria en Nueva Orleáns y cuando Aviraneta le dijo lo que se trataba, quedó aturdido, y sólo le contestó:

—Lo que su merced me mande, aquello haré, aunque sea tirarme de lo alto de una torre. No tengo más padre que su merced.

Después de varias entrevistas preguntaron a Sanabria qué es lo que él necesitaba para la intentona. Sanabria dijo que no necesitaba más que cien hombres de desembarco en Texas, que muy pronto aumentaría la columna con más de quinientos mestizos, porque los soldados españoles no eran a propósito para este género de guerra. Además, necesitaba mil clavos de hierro para puntas de chuzos o lanzas, mil sillas de caballo con arneses, mil machetes alemanes, ocho cajones de herraje, cuatro veterinarios, cuatro carpinteros con herramientas y un cirujano con su botiquín.

Quedó también Sanabria en que reclutaría veinticinco o treinta mulatos, jóvenes y robustos, que valían más que doscientos europeos.


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