Aviraneta o la vida de un conspirador

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Alzate y Aviraneta fueron a hablar con los liberales, quienes manifestaron que la mayoría del pueblo en San Sebastián era liberal, pero que no se podía contar ni con la guarnición ni con el elemento civil; en cuanto a emprender una campaña de seducción de los oficiales, no contando con mucho dinero, les parecía gran temeridad. Al día siguiente, Aviraneta quiso iniciar nuevos intentos, pero quedó convencido de que no se podía hacer nada.

Al volver a Bayona, el general Mina, enterado de la vuelta de Aviraneta, le invitó a comer a su casa. Don Eugenio fue obsequiado, tanto por el general como por su señora, doña Juana Vega, a quien los íntimos llamaban doña Juanita.

—¿Qué impresiones trae usted de San Sebastián? —preguntó Mina.

—Malas —dijo don Eugenio.

—¿Qué cree usted que se necesitaría para sobornar una guarnición como la de San Sebastián?

—Yo me figuro que unos cuarenta o cincuenta mil duros —contestó Aviraneta.

—No los tenemos.

—Y si no tiene usted medios, ¿qué va usted a hacer, general?

—Ya no tengo más remedio que lanzarme. Salga lo que saliere —dijo Mina.


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