Aviraneta o la vida de un conspirador

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Al salir de la plaza y pasar por la calle de Santa María, un charrán cogió uno de los tambores y se puso a tocar generala. De todas partes aparecieron grupos de gente turbulenta, que se reunieron con los nacionales. Un corro de chiquillos y de granujas del muelle les seguía.

Veía Aviraneta desde lejos esta multitud, cuando oyó que gritaban violentamente. Le dijeron que había salido al encuentro de las turbas el general Saint-Just a restablecer el orden.

Saint-Just se dirigía a su casa cuando un grupo de charranes, armados de fusiles y sables, le rodearon, y violentamente le llevaron al centro de la plaza, dirigiéndole los más terribles insultos.

Aquel grupo era en su mayoría de contrabandistas y de gente maleante conchabada con ellos.

Era ya de noche; Saint-Just, en medio del tumulto, no perdió su serenidad; contestó con energía a sus agresores, despreciando el peligro. Pudo el general imponerse, y con algún trabajo entrar en el Ayuntamiento.

Aviraneta se acercó a la puerta del Ayuntamiento, y oyó la voz de Saint-Just, que se dirigía a las turbas recordándoles su amor a la libertad, por la cual había vertido su sangre en los campos de batalla, sus méritos de guerra en Puente la Reina y Montejurra. Todo fue inútil. Los sublevados comenzaron a gritar:

—¡Muera! ¡Muera!


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