Aviraneta o la vida de un conspirador
Aviraneta o la vida de un conspirador LA JUVENTUD
SU tío Fermín Esteban Ibargoyen tenía en Irún una pequeña tienda en la calle Mayor, de esas tiendas de pueblo en las que se encuentra de todo. Vivía con dos sobrinas solteras que estaban siempre en el mostrador.
El tendero, egoísta perfecto, recibió a Aviraneta con cierta amabilidad socarrona; le advirtió que esperaba que no haría ninguna simpleza, y que cuanto más juicioso se mostrara más libertad le daría.
Le dijo, además, como su madre había recomendado, que asistiera a un colegio, y pensaba llevarle al de don Mariano Arizmendi, que enseñaba a muchachos de su edad nociones de Matemáticas y de Física, teneduría de libros y francés, y que podía ir a la escuela o no ir, que él no pensaba hacer indagaciones acerca de su conducta.
El maestro, don Mariano Arizmendi, fue un amigo para Aviraneta. Hombre religioso, pero no intransigente, poseía bastante dinero para vivir, y daba las clases por afición. Le encantaba que algún muchacho de familia pobre le pidiera asistir a sus clases de balde.
Al cabo de algún tiempo en Irún, el joven madrileño perdió por completo su acento del barrio de las Vistillas, y fue adquiriendo la manera de hablar y las costumbres de un vascongado.
—Eugenio se va aviranetizando —decía, en broma, su maestro don Mariano.