Aviraneta o la vida de un conspirador
Aviraneta o la vida de un conspirador Por aquellos días, Aviraneta recibió una serie de anónimos amenazadores y de advertencias inquietantes. Le decían: «Tenga usted mucho cuidado; se halla expuesto a mil asechanzas. Se urde algo contra su persona».
Una noche, al entrar en su casa, dos hombres, al parecer borrachos, se peleaban en la acera y se echaron encima de él. Fue a separarse rápidamente, y se dislocó un pie.
Quizás aquel encontronazo fue casual; pero a don Eugenio le quedó la sospecha de una intención aviesa.
Subió a su casa como pudo. El médico que le asistió, el doctor Araújo, le recomendó quietud absoluta.
Se hallaba convaleciente, sin poder tenerse en pie, cuando Arrazola se presentó en su habitación a saber el estado de su salud.
—La reina desearía que fuese de nuevo a Francia con una comisión parecida a la que ha desempeñado usted en su última estancia en Bayona.
—Pues iré —contestó don Eugenio—. ¿Ocurre algo nuevo?
—Nada; se sabe que Cabrera se acerca a Cataluña empujado por O’Donnell, y se teme que, unido a los carlistas del principado, organice una larga resistencia que sea obstáculo para la paz total.
Aviraneta estaba deseando salir de Madrid, y dijo al ministro:
—Partiré inmediatamente que pueda.