Aviraneta o la vida de un conspirador
Aviraneta o la vida de un conspirador Pasaron ocho días, y sintiéndose ya mejor y capaz de viajar en diligencia, fijó el día de su marcha. Una noche, apoyado en un bastón y embozado en su capa, salió a ver a don Lorenzo Arrazola y a recoger las credenciales de los ministros de Estado y de la Gobernación.
Esperó en el despacho del ministro, y el secretario le trajo dos reales órdenes: una, en la que Pérez de Castro mandaba a los cónsules y vicecónsules prestasen apoyo personal a Aviraneta, y la otra, de Calderón Collantes, ordenando lo mismo a los jefes políticos y demás autoridades dependientes del Ministerio de la Gobernación.
Se despidió de Arrazola y se marchó con sus documentos en el bolsillo. Hizo sus preparativos de marcha, y días antes de salir de Madrid se le presentó en la modesta casa de huéspedes de la calle de Carretas el general Rodil.
Rodil era un señor pequeño, flaco, empaquetado, de cara estrecha, nariz larga, ojos juntos, cejas finas, boca de labios delgados y pelo rubio, que comenzaba a blanquear. Este antiguo masón tenía aire de zorro, pero de un zorro sin gran malicia.
—Amigo Aviraneta —le dijo Rodil—, Espartero ha sabido que usted va a salir de Madrid con una comisión del Gobierno, y ha dado orden terminante, aunque reservada, a los cuatro puntos cardinales de la monarquía para que se le prenda a usted.