Camino de perfeccion
Camino de perfeccion A la mañana siguiente, de madrugada, salió Fernando de casa. HabÃa en el aire matinal del pueblo, además de su frescura, un olorcillo a pajar muy agradable. Pasó por la calle de San Francisco a preguntar en la posada de VizcaÃnos por un arriero, llamado Polentinos, que iba a Madrid en su carro; y como la posada de VizcaÃnos estuviese cerrada, siguió andando hasta la plaza del Azoguejo.
Volvió al poco rato calle arriba, entró en la posada y preguntó por Polentinos. Estaba ya preparando el carro para salir.
Nicolás Polentinos era un hombre bajo, fornido, de cara ancha, con un cuello como un toro, los ojos grises, los labios gruesos, belfos. Llevaba un sombrero charro de tela, de esos sombreros que, puestos sobre una cabeza redonda, parecen el planeta Saturno rodeado de su anillo. VestÃa traje pardo y botas hasta media pierna.
—¿Es usted el señor Polentinos?
—Para servirle.
—Me han dicho en la posada del Potro que va usted a Madrid en carro.
—SÃ, señor.
—¿Quiere usted llevarme?
—¿Y por qué no? ¿Es un capricho?
—SÃ.
—Pues no hay inconveniente. Yo salgo ahora mismo.