Camino de perfeccion
Camino de perfeccion —¿Vamos nosotros, a ver qué efecto hace? —dijo Arévalo.
—Vamos —repuso el gobernador—. Que le avisen al sacristán para que nos abra.
Hizo sonar el timbre, dio recado a un portero, se levantaron todos de la mesa y se pusieron los gabanes.
Fernando se estremeció sin saber por qué. Le parecÃa una irreverencia monstruosa ir a ver aquel cuadro con el cerebro enturbiado por los vapores del vino. Pensaba en aquella ciudad de sus sueños, llena de recuerdos y de tradiciones, poblada por la burguesÃa estúpida, gobernada espiritualmente por un cardenal baudeleresco y un gobernador volteriano.
Al salir del Gobierno era de noche. Se dirigieron por las callejuelas tortuosas hacia Santo Tomé.
La puerta de la iglesia estaba entornada; fueron entrando todos. El sacristán tenÃa encendidos los dos ciriales, y, entre él y su hijo, los levantaron hasta la altura del cuadro.
Fuera por excitación de su cerebro o porque las llamaradas de los cirios iluminaban de una manera tétrica las figuras del cuadro, Ossorio sintió una impresión terrible, y tuvo que sentarse en la oscuridad, en un banco, y cerrar los ojos.
Salieron de allá; fueron al Gobierno civil, y en la puerta se despidieron.